Apagones en Venezuela: el costo psicológico de la incertidumbre

Vela durante un apagón en Venezuela mientras enfrenta la incertidumbre de los cortes eléctricos diarios. Apagones en Venezuela: el costo psicológico de la incertidumbre. Foto: Pexels

Los apagones volvieron a formar parte de la rutina diaria de la mayoría de los venezolanos. Los cortes pueden llegar sin aviso y prolongarse por horas. Desde hace meses, las personas registradas en Corpoelec reciben mensajes de texto que advierten la suspensión del servicio: «ALERTA: Por Demanda ALTA, se coordinan bloques de administración de carga con una duración máxima de cinco (6) horas». Desde el miércoles 12 de agosto, ese máximo subió a seis horas.

El mensaje puede llegar minutos antes del corte o cuando el servicio ya fue suspendido. Después de eso, la vida se pone en pausa — y el problema no siempre termina cuando regresa la electricidad.

¿Por qué persisten los apagones?

El sistema eléctrico venezolano depende en más del 70 % de una sola fuente: la represa del Guri, en Bolívar. Esa dependencia lo hace especialmente vulnerable — cualquier falla en la represa o en las líneas de transmisión que salen de allí puede derivar en un apagón de alcance nacional.

A esto se suman problemas de infraestructura que expertos y organizaciones independientes documentan desde hace años: transformadores y subestaciones que operan más allá de su vida útil, falta de mantenimiento y proyectos de modernización inconclusos. La sequía también incide: en los períodos de menor lluvia, el nivel de los embalses baja y reduce la capacidad de generación hidroeléctrica, lo que obliga a Corpoelec a aplicar «bloques de administración de carga» — el racionamiento programado que hoy llega por mensaje de texto.

Sobre las causas últimas de esta crisis existe debate público: el Gobierno ha atribuido los cortes recientes a factores como las sanciones internacionales, el fenómeno de El Niño y los terremotos de junio, mientras que gremios como Consecomercio y organizaciones independientes señalan como causas principales la falta de inversión y mantenimiento sostenidos durante años. Ambas explicaciones coexisten en la conversación pública sobre el tema.

La incertidumbre también desgasta

Un apagón aislado es una molestia. Cuando las interrupciones se repiten, la experiencia cambia: la persona reorganiza su día entero alrededor de algo que no puede controlar. Cuándo cocinar, cargar el teléfono, trabajar o comprar alimentos deja de depender de un horario propio.

Esa incertidumbre mantiene al organismo en estado de alerta, y la alteración constante de las rutinas de trabajo, descanso y alimentación reduce la sensación de estabilidad cotidiana.

Dormir también se vuelve más difícil

La noche es uno de los momentos más sensibles. El calor, el ruido o la necesidad de estar pendiente del servicio interrumpen el sueño — y dormir mal no es solo levantarse cansado. Una revisión sistemática publicada en Sleep Medicine encontró que la pérdida de sueño aumenta los niveles de ansiedad. Otra revisión, que analizó 154 estudios experimentales, halló que distintas formas de privación de sueño reducen las emociones positivas y aumentan los síntomas de ansiedad.

Lo que muestra la evidencia en otros países

Un estudio publicado en 2026 en Social Science & Medicine, de los investigadores Yunier Broche-Pérez y Zoylen Fernández-Fleites, encuestó a 415 adultos cubanos entre julio y noviembre de 2025. Encontraron que la intensidad de los apagones —y sobre todo cuánto alteraban la vida cotidiana— se asociaba con mayores niveles de depresión, ansiedad y estrés. El estudio no prueba una relación de causa directa, pero sí aporta evidencia de que el malestar psicológico depende de cuánto interrumpe un corte la rutina diaria.

Otro estudio en Maryland, Estados Unidos, examinó registros de cortes eléctricos y hospitalizaciones por salud mental entre 2018 y 2023: una mayor exposición a cortes severos se asoció con un incremento de aproximadamente 1,7 % en esas hospitalizaciones. Las condiciones venezolanas son distintas, pero el dato ayuda a entender por qué la electricidad también es un factor de bienestar.

Un impacto que no llega igual a todos

Consecomercio pidió al Gobierno establecer un cronograma público y sectorizado para los cortes en los 335 municipios del país, y advierte que las interrupciones generan pérdidas de alimentos y medicinas por fallas en la cadena de frío, además de dificultades para procesar pagos y más accidentes laborales.

Según el gremio, las grandes cadenas con sistemas de autogeneración —supermercados, farmacias— cubren solo al 30 % de la población. El 70 % restante depende de pequeños comercios sin respaldo eléctrico, lo que significa que el impacto de los apagones no se distribuye de forma pareja.

¿Cómo proteger la salud mental durante un apagón?

No siempre es posible evitar el corte, pero sí reducir parte de la tensión que genera la incertidumbre:

  • Mantener cargadas las baterías externas, tener linternas a mano y guardar agua evita que cada apagón se vuelva una emergencia improvisada.
  • Aprovechar las horas con electricidad para organizar las tareas esenciales.
  • Si el corte ocurre de noche, reducir el uso del teléfono — la exposición constante a noticias sobre la situación mantiene la atención en alerta.
  • Sostener horarios relativamente estables para comer, descansar y dormir ayuda a conservar cierta normalidad.

¿Cuándo buscar ayuda?

Sentirse irritado o cansado durante una situación repetitiva de incertidumbre no significa tener un trastorno de salud mental. Pero si la preocupación se vuelve constante, el sueño permanece alterado, aparecen ataques de pánico o la persona deja de poder realizar sus actividades habituales, conviene buscar orientación profesional. Con niños y adolescentes vale la misma atención: explicarles qué ocurre y sostener algunas rutinas puede ayudarles a manejar mejor la incertidumbre.

Un apagón termina cuando regresa la electricidad. El desgaste acumulado puede durar más — y mientras se buscan soluciones para el servicio eléctrico, la salud mental de quienes conviven a diario con los cortes también merece un lugar en la conversación.

Con información de Infobae, Consecomercio y estudios científicos publicados en PubMed.


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Un comentario sobre “Apagones en Venezuela: el costo psicológico de la incertidumbre”

  1. Una tortura inhumana, no solo es el problema eléctrico también es la angustia de no saber en qué bloque te toca, de paso en mi ciudad no hay buena distribución del servicio de gas, entonces para cocinar sin electricidad y sin gas tocará recurrir a la leña, y el agotamiento psicológico después de las 5 o 6 años más ñapa. Y si sigo escribiendo voy a empezar con vocabulario no adecuado.

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