El dios de los fuertes

Niño duerme sobre un colchón junto a una puerta durante un apagón Marhisela Ron narra el calor, la espera y el cansancio de vivir los apagones en Venezuela junto a sus hijos. /Foto: ChatGPT

Después de preparar el almuerzo y adelantar la proteína de mañana, comemos. Lavo los platos mientras el calor de la cocina se junta con el vapor del mediodía. Le digo a mi hija que nos bañemos para sentarme a leer porque tengo que entregar un trabajo. Nos bañamos los tres; el agua sale tibia de la tubería, pero alivia por diez minutos. Le pido a mi hija que ponga a cargar la corneta; mi celular ya está listo. La casa queda ordenada. Decido ponerme cerca de la puerta principal para buscar la brisita que entra del patio, con la incertidumbre de no saber a qué hora quitarán la luz. Mientras más tarde la quiten, más tarde llegará.

Frida ve televisión; Sebastián hojea libros en la biblioteca. Pongo una canción que me gusta en la voz de Héctor Lavoe: «Emborráchame de amor». Suena en mi celular. Leo unos textos de Leila Guerriero. A los treinta minutos de estar sentada frente al ventilador, se va la electricidad. Son las dos y media de la tarde. El silencio cae de golpe. Iniciamos la cuenta regresiva.

Llevo un colchón cerca de la puerta principal. La cerámica del piso devuelve el calor de la mañana. Llega mi hijo y se acuesta a mi lado buscando mi axila derecha; protejo mi seno con la mano izquierda. Ya no puedo seguir leyendo. Su respiración caliente está pegada a la mía. Agarro un ejemplar de Alicia en el país de las maravillas y le echo aire con las tapas de cartón. Se duerme. Mientras está dormido no dejo de abanicarlo: basta un minuto de descuido para que la cara y el cuello se le llenen de sudor.

Frida se queja del sofoco: dice que suda igual si se queda quieta que si juega. Jugamos cartas por intervalos: una partida de cinco turnos, me deja intentar leer otro poco sobre el colchón y volvemos a jugar. En uno de los artículos de Leila me tropiezo con una frase que me atrapa, como si la hubiera escrito yo: «Le ruego al dios de los fuertes: basta de darme fuerzas porque me vas a matar».

Sebastián se despierta. Preparo la cena y comemos. Cae la noche y entra el zumbido de los zancudos. A oscuras, para espantar el tedio que nos da la oscurana, jugamos al escondite un rato. Luego Frida proyecta sombras con las manos sobre la pared. Nos volvemos a acostar. A las ocho y cincuenta de la noche regresa la electricidad. Seis horas y veinte minutos después.

Estoy harta del endiosamiento a la resiliencia. El lunes hubo una falla y la luz llegó tras diez horas a oscuras; la dejaron treinta minutos y arrancó de nuevo este racionamiento de seis horas. Todo tiene un límite. ¿Qué más quieren? ¿Nuestra sangre?


Síguenos en InstagramFacebook y nuestro canal de Telegram 


4 comentarios en “El dios de los fuertes

  1. Leo esto y vuelvo a mi casa de Borburata a esos días de apagones, de preparar cena a la luz de las velas, el tedio de la espera sin serenas porque no sabes a que hora volverá!

    1. Gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar Neyra. Entiendo que no estamos solas con estas vivencias. Traerlas a estos espacios y compartirlas es importante. Un abrazo apretado desde Patanemo.

  2. Torturas lentas. Chispas de felicidad. Tortura lenta x2. Silencio. Oscuridad. Sombras para jugar. La mente jugando de nuevo.
    Y así pasa la vida en un refuerzo que no se pidió pero que no nos suelta del brazo.
    Poeta, experta en describir lo indescriptible!

    1. Uffff sí! Todo un juego mental. Haciendo mucho Limonada. Tengo derecho a cansarme de ser resiliente. No siempre tenemos que ser Rocky Balboa.Gracias por la lectura y tu comentario Ama. Un abrazo esta vez en ON.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *