Para mis dos hijos yo era un par de tetas con piernas. Eso era todo. Dos piernas que caminaban por la casa y dos pechos que ellos buscaban con desespero.
Amamanté tres años y medio sin parar, entre 2016 y finales de 2019. Se unió la lactancia de la mayor con la del menor. Dos tetosaurios.
En ese tiempo el cuerpo se me fue desmantelando. Apareció el «efluvio del postparto»: el cabello se caía a mechones, sobre todo en los laterales, y se enredaba en nudos ciegos. La primera vez le pedí al papá de los niños que me cortara el pelo mientras yo lloraba frente al espejo; después fui a la dermatóloga por un tratamiento. La segunda vez ya no hubo susto ni consulta; sabía lo que venía y lo que tenía que hacer. En las madrugadas me quedaba dormida en la cama, semisentada, con la teta afuera y la cabeza colgando, boquiabierta.
Afuera el país se caía: protestas, escasez, trueques y compras por el número final de la cédula. Hice colas bajo el sol con la bebé cargada en brazos. El calor, el gentío, el peso de la niña encima. En vez de estar en la casa o comprar en un supermercado con anaqueles llenos, el trajín era diario para conseguir la comida. En septiembre de 2016 murió mi mamá. Yo tenía ocho meses de haber parido. Salí del funeral, llegué a la casa, me senté en el borde de la cama y pegué a la niña al pecho. Mi mamá estaba bajo tierra. La leche salía. Era lo único seguro.
Aparecieron los opinólogos. Decían que los malacostumbraba. Preguntaban hasta cuándo. Me miraban con desdén si amamantaba en la calle,en el autobús, sin taparme, ante los mirones. En esos años la fórmula infantil no existía en los anaqueles. Yo pensaba en la madre muerta en alta mar cuyos dos hijos sobrevivieron porque tomaron de su pecho flotando en el agua.
Hacerlo sin red, en soledad, destruye el cuerpo. Los primeros días se pelan los pezones. El dolor manda. Para aguantar hacía ejercicios de respiración, dejaba caer agua tibia de la regadera y en la succión soltaba alguna grosería, un «coñoesumadre» sabiendo que la madre era yo, confiada en que el agarre del bebé curaría la piel. Luego vinieron los mordiscos, los juegos, el «tetasutra», el consuelo tras las vacunas y el regreso al trabajo. Llegaba a la casa con las tetas a punto de reventar, duras. Tras el baño, me tumbaba en la cama como gata patas arriba y buscaba que agarraran rápido para bajar la presión.
También estuvo la comedia: un día, en plena faena encima de mi pareja, salieron chorros de leche directo a la cara del papá de la criatura. Nos reímos. Usar brasier fue una regla que aprendí tarde. Para vestir usaba blusas flojas para sacar el pecho sin tanto trámite, aunque estuviera de pie.
Al pasar el año mi hijo comía de todo, pero siguió pegado hasta casi los dos años. En las noches hacíamos colecho para salvar algo de sueño. Un día dije, no más. Los pechos perdieron volumen, se vaciaron. Tiempo después se dañó la tubería del lavaplatos. Vivía sola con los niños. Miré los tubos de plástico sobre el mesón sin saber por dónde empezar. Pensé que si había alimentado a dos personas tres años y medio, la casa no me iba a pasar por encima. Agarré la llave, apreté las roscas hasta el tope. El agua corrió sin gotear. El cuerpo dejaba de ser un comedor. Era mío otra vez.
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