Zulimar Mendoza: una mirada que atraviesa fronteras con «rebeldía callaíta»

Zulimar Mendoza sostiene una pintura de un ojo que refleja paisajes, simbolizando su arte y visión única. De Venezuela a Nueva York y ahora a París, Zulimar Mendoza ha convertido la migración, la memoria y la identidad en parte de su lenguaje artístico. / Foto: Zulimar Mendoza

Los ojos han acompañado a Zulimar Mendoza desde que comenzó a desarrollar su práctica artística en Venezuela, en 2016. Al principio aparecieron en sus pinturas casi por intuición. Con los años, esa mirada se convirtió en una de las señas más reconocibles de su obra y en una forma de hablar sobre lo que ocurre alrededor, pero también sobre aquello que pasa por dentro.

Artista venezolana multidisciplinaria, Mendoza ha construido su trayectoria entre distintos lugares y experiencias. En Venezuela encontró el origen de su lenguaje artístico y llevó su trabajo a las calles cuando la crisis económica comenzó a cerrar espacios para la cultura. En Nueva York amplió su mirada, encontró nuevas referencias y aprendió a confiar más en su propia identidad como artista.

En enero de 2026 presentó en Nueva York Hola y hasta luego, su primera exposición individual. La muestra llegó en un momento de transición: poco después, Mendoza dejó la ciudad para comenzar una nueva etapa en Francia.

Ahora está en París, todavía descubriendo la ciudad y, como ella misma dice, “a la Zuli que seré aquí”. Esta nueva mudanza también ha comenzado a entrar en su obra. Su primera serie realizada en Francia es más autobiográfica y aborda las emociones, las despedidas y todo lo que implica volver a empezar lejos de casa.

Migrar otra vez significa volver a hacer trámites, aprender un idioma, reconstruir rutinas y, en sus palabras, “volver a meter la vida en una maleta”. También significa encontrar nuevas personas y nuevas comunidades con las que construir un lugar propio.

En esta conversación, Zulimar habla de lo que Venezuela dejó en ella, de lo que Nueva York le enseñó, de sus primeros pasos en el arte urbano, de los ojos que se convirtieron en su lenguaje y de esta nueva etapa que apenas comienza en París.

Tu historia artística ha pasado por tres escenarios muy distintos: Venezuela, Nueva York y ahora Francia. Si tuvieras que resumir lo que cada uno de esos lugares ha dejado en ti, ¿qué dirías?

Venezuela me dejó esencia, el origen, eso que, aunque pasen años y yo siga cambiando, nunca dejará de ser parte de mí. También la frugalidad, que con poco pero con ingenio se puede hacer mucho.

Nueva York me despertó, me enseñó quién soy, qué quiero y, más importante, qué no quiero. Me enseñó a creer en mí. Nueva York puede llegar a ser muy cruel, puedes ver ángeles y demonios conviviendo todos los días y de eso se aprende mucho.

De Francia no puedo decir mucho porque apenas estoy llegando, pero es un país muy rico en historia y arte, eso es ideal para mí. Aún estoy descubriendo París y a la Zuli que seré aquí.

Viviste varios años en Nueva York, una ciudad donde el arte urbano tiene una presencia enorme. ¿Cómo influyó esa etapa en tu evolución como artista y qué aprendizajes te llevaste antes de comenzar esta nueva vida en Francia?

La influencia y el aprendizaje vinieron mayormente de observar a otros artistas. Cada uno, con su estilo y mensaje, me mostró que lo importante es buscar tu identidad y contar tu historia, porque eso es lo realmente importante. Y con eso me quedo y lo seguiré llevando a donde sea que la vida me lleve.

En una de tus publicaciones recientes escribiste que tu primera obra en Francia era “más autobiográfica” y que se convirtió en tu diario de esta nueva etapa. ¿Qué emociones necesitabas expresar y cómo ha cambiado tu obra desde que llegaste?

Con mis pinturas suelo contar lo que veo a mi alrededor, sea en mi entorno cercano o lejano: conflictos sociales, conflictos armados, mis seres queridos. Quizás sea la edad, pero cada vez me importa menos y me hace bien abrirme. Esto me sirve de terapia, porque no es sencillo volver a migrar: repetir las despedidas, los trámites migratorios, volver a meter la vida en una maleta, aprender un nuevo idioma. Créeme que hay mucho que expresar.

Por eso son autobiográficos, además de ser autorretratos, cosa que no hacía antes.

Los ojos y las miradas son una firma de tu trabajo. ¿Qué representan para ti y por qué crees que siguen siendo el lenguaje con el que mejor cuentas tus historias?

Esto ha sido algo que yo he ido descifrando a través de los años, porque lo comencé a hacer sin saber bien por qué, solo escuchando mi intuición. Siempre he visto los ojos como unos excelentes comunicadores, son percepción, conciencia y divinidad. Siempre hay alguien observándote, si no son otros, eres tú mismo.

También has hablado de la migración, del apoyo de otras personas y de la energía que rodea cada obra. ¿Hasta qué punto el arte ha sido una forma de reconstruirte y encontrar un nuevo hogar lejos de Venezuela?

La comunidad de artistas, eso es muy importante para encontrar un nuevo hogar lejos de tu país. Cuando das con la gente correcta, todo se expande y la reconstrucción comienza.

¿Qué proyectos vienen ahora para Zulimar Mendoza? ¿Qué sueñas alcanzar en los próximos años y qué parte de Venezuela sigue viajando contigo en cada obra?

Ahora mismo quiero seguir trabajando en esta nueva serie autobiográfica. Créeme que hay mucho que decir y creo que esto ayudará a muchos otros porque podrían sentirse identificados.

Sueño conseguir una nueva comunidad de artistas con la que pueda seguir expandiéndome. Y de Venezuela siguen viajando conmigo la rebeldía, o la “rebeldía callaíta”, como me dijo mi papá un día, y un mar de colores hechos solo con tres o cuatro colores base. Eso me lo dio Venezuela y siempre viene conmigo.


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