El inesperado regreso de las cosas que podíamos tocar

Ludex2014 vinyl 2397021

Hubo un tiempo en que la música no cabía en un bolsillo. Había que elegir un disco, darle la vuelta a un casete con un lápiz cuando la cinta se enredaba o esperar pacientemente a que una canción sonara en la radio para grabarla. Las fotografías no aparecían al instante en la pantalla de un teléfono; había que terminar el rollo, llevarlo a revelar y descubrir, días después, si aquella sonrisa había quedado inmortalizada, si el dedo había tapado el lente o, como ocurría la mayoría de las veces en mi caso, había salido con los ojos rojos.

Cuando era adolescente me encantaba tomar fotos con mis amigas. Comprábamos incluso cámaras desechables y después nos tocaba guardar parte del dinero de la merienda para poder revelar el rollo y descubrir que la mitad de las fotos eran un completo desastre. Pero eran nuestras fotos. Una de mis amigas ya no está en este mundo y, con el tiempo, entendí que incluso una fotografía torcida, desenfocada o con los ojos rojos puede convertirse en un tesoro irrepetible.

Durante años pensamos que todo eso había desaparecido. Que la tecnología terminaría por relegar esos objetos a una caja olvidada o a una vitrina de museo. Sin embargo, ocurrió algo inesperado: comenzaron a volver.

Después de pasar años olvidados en cajas, esperando el camión de la basura o apareciendo en mercados de segunda mano, los discos de vinilo viven hoy uno de sus mejores momentos en décadas. Lo que parecía una moda pasajera ya es una tendencia consolidada. En Estados Unidos, los discos de vinilo acumulan 19 años consecutivos de crecimiento en ventas y en 2025 superaron, por primera vez desde principios de los años ochenta, los 1.040 millones de dólares en ingresos.

Los CD, que muchos dieron por muertos, también se resisten a desaparecer. Solo durante el primer semestre de 2026 sus ventas crecieron un 16 % en Estados Unidos, superando incluso el ritmo de crecimiento del vinilo y demostrando que los formatos físicos siguen despertando interés entre nuevas generaciones.

Las cámaras analógicas volvieron a colgar del cuello de jóvenes que nacieron cuando la fotografía digital ya dominaba el mundo. Incluso algunas empresas han decidido relanzar el viejo Walkman, ahora con Bluetooth y baterías recargables, mezclando la nostalgia con la comodidad del presente.

Y los libros… bueno, los libros nunca se fueron del todo.

Ahora que cualquier texto cabe en una pantalla y miles de títulos pueden descargarse en segundos, las librerías siguen resistiendo. También los vendedores ambulantes de libros usados, siempre con algún ejemplar esperando encontrar un nuevo dueño. Porque todavía hay quienes necesitan sentir el olor del papel, doblar una esquina o subrayar una frase que logró remover algo por dentro.

Lo cierto es que esto no parece una coincidencia. En lo particular, pienso que no se trata del regreso de objetos retro, sino del regreso de experiencias que dejamos de vivir o que las nuevas generaciones nunca tuvieron.

Paradójicamente, quienes más están impulsando este fenómeno son jóvenes que jamás vivieron la época dorada de estos dispositivos. Estudios recientes muestran que la Generación Z lidera buena parte del crecimiento de las ventas de formatos físicos, atraída por el deseo de poseer algo tangible en un mundo dominado por lo digital.

Pienso que vivimos en una época extraordinaria. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento, a la música, a las películas o a las conversaciones con personas que están al otro lado del planeta. Todo ocurre con una velocidad que hace apenas veinte años parecía ciencia ficción. Pero esa misma velocidad también tiene un precio.

Escuchamos canciones sin terminar de oírlas. Saltamos de un video a otro antes de que termine el primero. Guardamos miles de fotografías que rara vez volvemos a mirar. Compramos libros digitales que a veces nunca leemos porque ya apareció otro título recomendado por un algoritmo.

Mi teléfono tiene miles de fotografías. Estoy segura de que el tuyo también. Sin embargo, hace unos días quise buscar una imagen de mis hijos cuando eran pequeños y tardé varios minutos en encontrarla. En cambio, el viejo álbum familiar tiene muchas menos fotos, pero sé exactamente dónde está cada una. Tal vez ahí haya una diferencia importante entre guardar recuerdos y realmente conservarlos.

Lo inmediato nos ha dado mucho, pero también nos ha robado un poco de paciencia.

Tal vez por eso un tocadiscos vuelve a parecer fascinante. Yo misma tengo varias capturas de pantalla de tiendas porque quiero comprar uno para mi casa. Un tocadiscos obliga a levantarse para cambiar el disco. Invita a escuchar un álbum completo, tal como fue concebido por el artista, sin listas automáticas ni un algoritmo que insiste en recomendar canciones que jamás agregaríamos a nuestra lista de reproducción.

Cuando estaba en la universidad, Fotografía era una materia que incluía el proceso de revelado. ¡Qué experiencia tan fascinante! Una cámara de rollo nos obligaba a pensar antes de presionar el disparador. Cada fotografía costaba. Cada una ocupaba un espacio limitado. Tal vez por eso aprendíamos a mirar antes de fotografiar.

Leer un libro impreso también nos invita a detenernos, a pasar las páginas, subrayar una frase, dejar un separador y regresar exactamente donde lo dejamos. Son pequeños rituales que parecían anticuados y que hoy, curiosamente, vuelven a sentirse modernos.

Los especialistas hablan de nostalgia. Puede ser. Pero creo que hay algo más profundo. Muchos de los jóvenes que hoy compran vinilos o cámaras analógicas jamás vivieron aquella época. No pueden sentir nostalgia de algo que nunca conocieron. Y, sin embargo, son precisamente ellos quienes están impulsando el resurgimiento de estos formatos. Eso demuestra que no buscan volver al pasado; buscan algo que el presente les está ofreciendo cada vez menos.

Lo que buscan, quizás sin saberlo, es una experiencia distinta. Una que no dependa de una notificación, de una actualización o de una conexión a Internet. Una experiencia que realmente les pertenezca.

Todo esto me ha hecho pensar que quizá llevamos demasiado tiempo evitando las esperas. Esperamos menos, pero también saboreamos menos. Todo debe ser inmediato: la respuesta, la compra, el envío, la película, la comida, el éxito. Y cuando todo llega tan rápido, también parece marcharse con la misma velocidad.

Quizás por eso tantos vuelven a escribir en cuadernos, a coleccionar discos, a revelar fotografías o a perderse durante horas entre estantes de libros usados. Yo ya no creo que quieran regresar al pasado. Creo que, simplemente, están buscando recuperar una forma distinta de vivir el presente.

Al final, lo retro no está regresando porque sea viejo.

Está regresando porque nos recuerda algo que habíamos olvidado: que no todas las cosas valiosas suceden con un clic.

Algunas necesitan tiempo.

Con amor, Lau.


Síguenos en Instagram, Facebook y nuestro canal de Telegram 


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *