Mi mamá, Amy Winehouse y yo

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Compré la computadora en Valencia con el pago de mi primer aguinaldo en la clínica. Traía su maletín y una impresora. En la tienda me encontré a un amigo que sabía de tecnología y se asustó cuando me escuchó decir que iba a pagar la cuenta en efectivo. Instalé la máquina en la mesa de la casa. El ventilador lanzaba aire caliente sobre la madera. En la pantalla de la laptop, el archivo llevaba un nombre: Amy Winehouse. La barra verde de descarga de LimeWire tardó unos minutos en completar el trayecto de izquierda a derecha. Abrí la bandeja. Coloqué el disco virgen. Sonó el chasquido del motor al cerrar la ranura. Tomé un marcador de tinta negra y escribí tres palabras sobre la cara del plástico: Amy Winehouse arriba, y Mío, abajo. No había portadas de papel en las cajas ni discos de vinilo comprados en tiendas. Había paciencia frente a la pantalla, un programa de descargas de archivos y la costumbre de grabar canciones según mis gustos mezclados, para mover la música de un lado a otro.

Mi mamá vio el CD sobre la mesa de la sala y pidió ponerlo en el reproductor mientras planchaba, después de haberlo visto ahí unas cuantas veces sin decirme nada. Sonó el primer golpe de batería de Back to Black. Entraron los metales. Entró esa voz visceral. Mi mamá no hablaba inglés, pero sí lo podía entender. A ella siempre le interesaban las cantantes que salían en los programas de la televisión (Tina Turner, Aretha Franklin, Carole King). Con Amy Winehouse hubo un clic desde el primer momento: una cantante de mi generación que atrapó a la suya. Al verla detenerse frente a las cornetas, no vi solo a la mujer que planchaba entre una ropa y otra; vi a la joven que yo admiraba de adolescente: la de las fotos con pantalones bota ancha y plataformas, sus cejas pobladas, sus labios pintados con un color vino, el cabello suelto hasta los hombros y el cigarrillo encendido apoyada en el marco de la puerta. Inclinaba la cabeza hacia un lado para seguir la línea del bajo. Oía el quiebre en la garganta y la pausa antes del coro. Yo sentí que algo había ganado: a mi mamá también le gustaba la música de Amy.

En la pantalla del televisor, Amy Winehouse llevaba la torre de cabello negro tipo The Ronettes, el trazo de tinta sobre los párpados que nunca aprendí a hacerme y que además no me luce por mis párpados caídos, la piel marcada con tatuajes y los hombros inclinados hacia adelante. Fundida en el negro, sostenía el micrófono con la mano izquierda. Cantaba doblada sobre la cadera, como si la estructura del cuerpo buscara un punto de apoyo para no caer contra el suelo. No tenía interés en agradar a los fotógrafos. No sonreía para la cámara. Salía al escenario a sacar el peso que llevaba en el pecho. Mi mamá y yo la mirábamos y la escuchábamos hipnotizadas, sin hablar, desde el mueble.

El 23 de julio de 2011 salió la noticia desde Londres. La encontraron muerta en un apartamento del barrio de Camden. Tenía 27 años. La televisión encendió la transmisión con imágenes de dos hombres sacándola en una camilla tapada con una sábana de un color oscuro, el paso de la ambulancia y las fotos de sus caídas en la calle. No sentí pena. Sentí arrechera por el circo de las pantallas que vendió su ruina en cuotas; por los flashes de las cámaras sobre la cara de una mujer sin defensa; por el aplauso ante el quiebre. Ella debía seguir aquí. Morir a los 27 años no tiene adorno ni gloria. Es la destrucción de una vida y el fin de los discos que le quedaban por grabar. Su voz. Su estilo.

En el año 2016 el cáncer de ovario izquierdo mató a mi mamá. La enfermedad consumió su cuerpo en pocos días en la sala de un hospital. La casa se quedó sin sus pasos. Los CD quemados quedaron en el estante de la biblioteca junto al reproductor apagado. No hubo discursos ni consuelos. Me quedé con dos de sus vestidos, sus lentes y su última lectura. A mis 42 años, conservo el gusto intacto por vestir de negro, usar una flor cerca de la oreja y andar en zapatos Converse con vestido. 

Aquel CD de plástico rodó por el reproductor de la sala durante años. Se llenó de marcas y de rayas finas sobre la cara transparente hasta que el lector dejó de reconocer las canciones. Pasaron más de quince años desde que lo grabé. Por eso hoy las pongo a sonar en el reproductor de mi celular. Sostengo ese CD viejo en la mano, con el trazo gastado del marcador, mientras la voz sale por la corneta del teléfono. Las dos murieron antes de tiempo. A las dos las busco en la rotación de esa misma música. Queda la pieza rayada sobre la mesa, la arrechera por las ausencias que no se llenan y este hilo fino donde nos encontramos mi mamá, Amy Winehouse y yo.


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10 comentarios en “Mi mamá, Amy Winehouse y yo”

  1. De esas narraciones que te calan en el alma, vi pasar en mi mente esos días en mi casa de Borburata y el día que publicaron la noticia de su muerte. Aún recuerdo un video donde la vi caminando en una playa.

  2. Imagino a tu mama en esas plataformas, esos labios pintados de vino y su cigarro. Seguro al planchar y escucharla simplemente volvia al pasado y recordaba esa Amy que ya no era, pero de alguna manera seguía allí. Me encantó.

    1. Jajajajaja siiii. Todo un estilo. Quizás sí pasó eso por su mente. Creo importante tener conciencia de que quienes eran nuestras madres antes de traernos al mundo. Gracias Shali por tomarte el tiempo de leer mi texto.

  3. Excelente!!!,comparto contigo, el vacío que deja la ausencia de un ser querido, pero reafirmo algo que leí hace muchos años,como todo en mi, «Solo morimos, cuando ya nadie nos recuerde».

  4. Leerte es siempre perderse o reencontrarse en lo humano que es cada vez menos visible en este mundo actual donde lo profundo es casi extinto. Gracias por tus relatos Marhisela con H intercalada.

    1. Gracias por leer y por tus palabras, Víctor. Saber que el texto deja esa huella le da sentido a la escritura. Un abrazo desde este lado del camino.

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