Capítulo III: «La Picazón del Morrocoy Corro»

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Tras despedirse de sus amigos, la valiente hormiga Hilda siguió su camino. Había paz en su corazón, pero mucha curiosidad en sus antenas.

«Es hora de ver qué hay más allá del gran río», pensó.

de un largo viaje, una una tierra más húmeda y un río tranquilo. ¡Y allí, vio a dos criaturas muy graciosas!

Una Era Un Morrocoy Grande Y Un Poco Gruñón De Corro. ¡Siempre estaba de mal humor! NO ERA PARA MENOS: Corro una picazón terrible. ¡Se rascaba contra las rocas, contra los árboles y, a veces, hasta rodaba por el suelo para aliviarse!

Su amigo, un chigüire adorme y muy tranquilo Bapi, siempre estaba a lado. Bapi era muy pacente y, con su pata grande y suave, le ayudaba a Corro a rascarse la no llegaba.

Hilda, al ver la situacion, se acercó a ellos con su voz diminuta. «¿Pueden ayudarles? «, preguntó. Corro, que no hay notado a la hormiga, se sobresaltó «¡Ay, ay, ay! ¡Otra vez la picazón! Gruñón. «¡Nadie puede ayudarme! Esta comezón me tiene de cabeza, y Bapi ya no sabe rascarme».

Bapi, con su voz calmada, explico: «Corro lleva días así. Hemos probado de todo: baños de barro, revolcarnos en la arena… ¡pero nada! «.

Hilda, una hormiga curiosa, decidió investigar. Con sus antenas, inició un examen el caparazón de Corro. Subió por su cuello, bajó por sus patas… ¡Corro ni se daba cuenta de su tamaño! tanto, quejándose.

«¡Yo pica aquí! ¡No, aquí! ¡Ay, un poco más a la izquierda! ¡No, a la derecha! Gruñía Corro, mientras Bapi intentaba seguir sus instintos con su pata grande y suave.

De repente, Hilda vio algo. ¡Unas diminutas plantitas, casi invisibles, se pegado entre las escamas del caparazón parecían jerbas que se enredaban en su piel cuando se revolcaba en el pasto No eran malas, ¡pero vaya si picaban!

«¡Eureka! Gritó Hilda, casi cayendo. «¡Corro, te pica por unas plantitas que tienes pegadas! Son tan chiquitas que nadie las vio».

CORRO Y BAPI SE QUEDARON BOQUIABIERTOS. «¿Unas plantitas? «, dijo Corro, dejando de rascarse por un momento. «¿Y cómo las quitamos? «.

Hilda tuvo una idea. Con la ayuda de Bapi, que con sus patas más grandes y suaves frotar las jerbas,earon a limpiar el caparazón de corro un rato, corro se sintió mucho mejor. ¡La picazón se enciende, y por primera vez, corro sonrió!

HILDA SE DESPIDIÓ DE SUS NUEVOS AMIGOS, A UN CORRO MUCHO MÁS FELIZ Y A BAPI VIVIADO.

Aprendió que a veces, los más grandes soluciones, y que la paciencia y la observación son realmente.

Con una sonrisa, siguió su camino, ansiosa por descubrir qué otra aventura la esperaba en el vasto mundo.


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