¿Hasta cuándo? Cuando la resiliencia también se agota

Camuri Una de las últimas fotos del archivo personal, Camurí Grande. / Foto: Susana Rincón

Hay palabras que, repetidas demasiadas veces, terminan perdiendo su capacidad de consolar. En Venezuela, una de ellas es resiliencia.

Nos llaman resilientes, Nos llaman guerreros, Nos dicen que somos un pueblo fuerte, capaz de levantarse una y otra vez. Lo dicen con admiración, con respeto e, incluso, jocoso y con cariño…

Y sí, hemos demostrado una capacidad inmensa para seguir adelante.

Pero hoy quiero hacer una pregunta incómoda: ¿hasta cuándo?

No escribo estas líneas para negar el valor de la resiliencia. Es una virtud admirable y, quizá, gracias a ella millones de venezolanos siguen construyendo sus vidas dentro y fuera del país. Escribo porque también existe un momento en el que la fortaleza deja de ser una elección y se convierte en una obligación impuesta por las circunstancias.
nadie debería vivir eternamente sobreviviendo.

Yo como venezolana, y como alguien que hizo de La Guaira su hogar, llevo grabada en la memoria la tragedia de Diciembre de 1999. Aquella montaña que descendió con una fuerza imposible de olvidar cambió la historia de miles de familias…No solo arrasó viviendas, calles y sueños; dejó cicatrices invisibles que aún hoy acompañan a quienes sobrevivieron.

Hoy, más de dos décadas después, la tierra vuelve a estremecerse y, con ella, también se sacuden los recuerdos. Porque los terremotos no solo mueven edificios. También remueven el miedo, el duelo y las heridas que nunca terminaron de cerrar. Los desastres naturales seguirán ocurriendo. La Tierra está viva, y ninguna nación está exenta de enfrentar su fuerza. No podemos culpar a la naturaleza por hacer lo que la naturaleza hace.

Pero sí podemos preguntarnos si el sufrimiento que viene después podría ser menor.

La diferencia entre una tragedia y una catástrofe prolongada muchas veces no la marca únicamente la intensidad del fenómeno natural, sino la capacidad de prevenir, responder, proteger y reconstruir con rapidez y dignidad.
Ahí es donde nace el verdadero dolor.

Porque lo que más duele no siempre es el movimiento de la tierra. Lo que más duele es la sensación de abandono. Es ver que quienes lo han perdido todo deben esperar más de lo que deberían. Es descubrir que, una vez más, son los vecinos, los voluntarios, los rescatistas y los propios ciudadanos quienes cargan sobre sus hombros el peso de la emergencia.

La resiliencia de un pueblo nunca debería convertirse en el sustituto de la responsabilidad colectiva.

Y, sin embargo, pareciera que nos acostumbramos a que así sea.

Después de cada tragedia escuchamos el mismo discurso: «Los venezolanos son fuertes». «Los venezolanos siempre salen adelante». «Los venezolanos vuelven a empezar».

Sí!!!

Pero pocas veces alguien pregunta cuántas veces puede una persona empezar de nuevo antes de sentirse agotada.

Porque también nos cansamos.
También lloramos.
También sentimos miedo.
También perdemos la esperanza por momentos.
También tenemos derecho a decir: hoy no puedo más.
Eso no nos hace menos valientes. Nos hace humanos.

No necesitamos que nos conviertan en héroes cada vez que sobrevivimos. Necesitamos que el dolor sea reconocido sin exigirnos transformarlo de inmediato en una historia inspiradora.

A veces pareciera que el mundo aplaude nuestra capacidad para resistir, cuando lo verdaderamente admirable sería que ningún venezolano tuviera que demostrar esa fortaleza una y otra vez.

Venezuela es una tierra inmensamente generosa. Es mar, montaña, llanos, selvas y una riqueza natural que asombra al mundo. Pero su mayor riqueza nunca ha sido el petróleo, ni los minerales, ni sus paisajes. Su mayor riqueza siempre ha sido su gente.

Y precisamente por eso duele tanto verla enfrentarse una y otra vez a pérdidas que podrían aliviarse con prevención, organización, solidaridad efectiva y reconstrucción oportuna.

No escribo desde el resentimiento.

Escribo desde el amor.
Desde el amor por una tierra que me dio recuerdos inolvidables.
Desde el amor por La Guaira, que tantas veces ha tenido que levantarse cuando aún no terminaba de sanar.
Desde el amor por un país que merece algo más que sobrevivir.

Quizá haya llegado el momento de dejar de celebrar únicamente nuestra capacidad de resistir y comenzar a preguntarnos qué hace falta para que los venezolanos podamos vivir con la tranquilidad que cualquier ser humano merece.

Porque la resiliencia es una virtud.

Pero no puede convertirse en un destino.
Y porque decir «estoy cansado» no significa rendirse.

Significa que, detrás de cada persona que el mundo llama fuerte, hay un corazón que también necesita descanso, justicia, esperanza y la oportunidad de dejar de sobrevivir para, por fin, volver a vivir.


Por: Susana Rincón Melo

Con palabras propias

Opinión, análisis y memoria, con mi voz y mi mirada.


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