El Mundial que ya no se siente igual

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Nací en 1986. Y, honestamente, mis primeros recuerdos de Italia 90, aunque existen, son muy difusos. Tengo memoria de ver algún partido con mis padres en un restaurante que tenía la cabeza de un toro con cachos que me parecían enormes. Mi verdadero romance con los mundiales comenzó en USA 94. Quizás fue el famoso perro Striker apareciendo por todos lados, o ese ambiente que lograba colarse hasta en las casas de quienes no eran fanáticos del fútbol. Porque debo confesar algo: no soy futbolera. Nunca lo he sido. Pero cuando llega un Mundial, algo dentro de mí se activa.

Desde niña esperaba esos calendarios que regalaban como parte de la publicidad. Los pegábamos en cualquier rincón de la casa y allí anotábamos partidos, horarios y resultados. Era un ritual. Los juegos se veían por televisión nacional, las conversaciones cambiaban y, de pronto, personas completamente distintas encontraban un idioma común durante noventa minutos.

Cada cuatro años el planeta parecía detenerse un poco. Por eso me ha costado conectar emocionalmente con este Mundial. Y, en este caso, no se trata del fútbol o de las selecciones, sino de todo aquello que parece estar rodeándolo.

Quizás es porque se juega entre tres países, en medio de tensiones migratorias, discursos de exclusión, medidas arancelarias y un clima social que parece más tenso que festivo. Quizás es el precio de las entradas, de los hoteles o de una experiencia que, poco a poco, parece reservada para quien pueda pagarla.

Ciertamente, entiendo que detrás de todo hay un negocio y un fin comercial. Porque, siendo sinceros, aquí también termina aplicando aquello de que “plata llama plata”. Sin embargo, hay una contradicción que no deja de darme vueltas.

Muchos de los jugadores que veremos en la cancha tienen historias profundamente ligadas a la migración. Son hijos de migrantes, crecieron entre dos culturas o encontraron oportunidades lejos del lugar donde nacieron sus padres. Muchas selecciones son, literalmente, una mezcla de acentos, raíces e historias de movilidad humana.

El fútbol, de alguna forma, siempre ha sido migración.

Quizás por eso cuesta entender que un torneo construido sobre la diversidad ocurra en medio de conversaciones tan duras sobre fronteras y pertenencia.

Lo digo también desde una experiencia personal. He sido migrante. Sé lo difícil que puede ser empezar de nuevo, adaptarse, extrañar y aprender a pertenecer sin dejar de sentirse de otro lugar. Porque migrar no es solo mudarse; es reconstruirse.

Y tal vez por eso este Mundial me genera emociones encontradas.

Porque sigo sintiendo la emoción de ver rodar el balón. Sigo armando mentalmente horarios, revisando partidos y emocionándome con las historias inesperadas. Pero también extraño aquella sensación de fiesta universal, más sencilla, más espontánea, menos filtrada por el dinero o la política.

Quizás estoy siendo nostálgica. O quizá todo esto también ocurría antes, pero yo era muy niña, demasiado ajena a los temas económicos y a todo lo que implica poner en marcha un evento de esta magnitud, así como a las ganancias que debe generar.

Aun así, quiero creer que algo permanece intacto. Que todavía existe esa magia extraña de ver a desconocidos abrazarse por un gol, de escuchar varios idiomas celebrando al mismo tiempo, de recordar que, aunque pensemos distinto, hay momentos capaces de reunirnos frente a una misma pantalla.

Porque un Mundial debería seguir siendo eso: un lugar donde las banderas se encuentran, no donde las fronteras pesan más.

Con amor, Lau.

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