Harald V, el rey que modernizó la monarquía noruega

Harald saluda con una sonrisa, reflejando su papel en la modernización de la monarquía noruega. Harald V, el rey que modernizó la monarquía noruega y convirtió el trono en un símbolo de una sociedad más abierta. / Foto: AP

El rey Harald V de Noruega murió este viernes a los 89 años, después de más de tres décadas como jefe de Estado. El Palacio Real informó que falleció a las 6:35 de la mañana en el Hospital Nacional de Oslo, donde permanecía ingresado. Harald era el monarca reinante de mayor edad en Europa y había llegado al trono en 1991, tras la muerte de su padre, Olav V.

Su muerte cierra un reinado de 35 años en el que Harald intentó mantener una institución profundamente ligada a la tradición, pero adaptada a una Noruega que cambió de manera importante durante ese periodo. El propio Parlamento noruego lo describió tras su fallecimiento como un monarca que modernizó el papel de la Corona y llevó la institución hacia una nueva época.

Harald no tenía poder político directo. Como monarca constitucional, su función era principalmente representativa y ceremonial, mientras las decisiones de gobierno corresponden al Parlamento y al Ejecutivo. Su influencia estuvo, por tanto, en otro terreno: representar al país, acompañar a los noruegos en momentos de crisis y convertirse en una figura de continuidad en una sociedad que se hizo más diversa durante su reinado.

Un niño que tuvo que abandonar Noruega por la guerra

Harald nació el 21 de febrero de 1937 en Asker, cerca de Oslo. Fue el primer príncipe nacido en territorio noruego en más de cinco siglos y creció sabiendo que algún día ocuparía el trono.

Pero su infancia estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial. Tenía apenas tres años cuando la Alemania nazi invadió Noruega en 1940. Para evitar la captura, su madre, la princesa Märtha, salió del país con Harald y sus hermanas, Ragnhild y Astrid. Primero llegaron a Suecia y posteriormente viajaron a Estados Unidos, donde permanecieron durante parte de la guerra. Su padre, el entonces príncipe heredero Olav, y su abuelo, el rey Haakon VII, se refugiaron en Reino Unido junto con el gobierno noruego.

La familia regresó a Noruega en 1945, después de la liberación. Harald continuó su educación en el país, pasó por la academia militar y posteriormente estudió en la Universidad de Oxford.

Aquella experiencia de exilio formó parte de una generación de la familia real profundamente vinculada con la resistencia noruega durante la ocupación. El rechazo de su abuelo, Haakon VII, a someterse a las exigencias de la Alemania nazi se convirtió en uno de los símbolos de la monarquía noruega durante la guerra.

El príncipe que eligió casarse por amor

Antes de convertirse en rey, Harald también desafió una de las convenciones más arraigadas de las casas reales europeas.

Durante años estuvo enamorado de Sonja Haraldsen, una mujer que no pertenecía a la nobleza. La relación planteaba un problema para una monarquía que todavía era relativamente joven y que había recuperado su independencia de Suecia apenas unas décadas antes.

Harald esperó nueve años para obtener el permiso de su padre para casarse con ella. Finalmente, el rey Olav aceptó y ambos contrajeron matrimonio el 29 de agosto de 1968.

La boda convirtió a Sonja en la primera plebeya en casarse con un heredero al trono noruego. Con el tiempo, la pareja se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la monarquía noruega. El propio gobierno noruego destacó tras la muerte de Harald que su decisión de mantenerse fiel a Sonja fue una de las primeras señales del tipo de rey que llegaría a ser: alguien respetuoso de la tradición, pero dispuesto a llevarla hacia una nueva época.

Un rey que decidió quedarse

Harald llegó al trono el 21 de enero de 1991, después de la muerte de su padre. Adoptó el mismo lema utilizado por su padre y su abuelo: “Todo por Noruega”.

Durante su reinado, el país experimentó una transformación económica y social profunda. Noruega consolidó su prosperidad gracias, entre otros factores, a sus recursos de petróleo y gas, mientras aumentaron su población y diversidad.

Harald entendió que la supervivencia de la monarquía dependía también de su capacidad para representar esa nueva realidad.

A diferencia de otros monarcas europeos que han abdicado en los últimos años, Harald se negó a hacerlo. En 2024, después de reducir sus actividades oficiales por motivos de salud, reiteró que su juramento como rey era para toda la vida.

Su hijo Haakon pasó automáticamente a ocupar el trono tras su muerte y se convirtió en el rey Haakon VIII.

El rey que acompañaba a los noruegos en las crisis

Uno de los rasgos más recordados de Harald fue su presencia en momentos difíciles.

En 1992, después de una devastadora tormenta que golpeó el noroeste de Noruega, el nuevo monarca visitó comunidades que habían perdido viviendas y medios de vida. El primer ministro Jonas Gahr Støre recordó precisamente esa cercanía como una característica que marcaría su reinado: Harald no podía solucionar las tragedias, pero estaba allí para escuchar y acompañar a quienes las sufrían.

Esa imagen volvió a aparecer después de los atentados del 22 de julio de 2011, cuando el extremista de derecha Anders Behring Breivik asesinó a 77 personas.

Harald se convirtió entonces en una de las voces de unidad nacional. En un discurso conmemorativo defendió la libertad, la democracia y una sociedad noruega abierta, en un momento en que el país enfrentaba una de sus mayores tragedias recientes.

Su discurso sobre diversidad se convirtió en un fenómeno

Uno de los momentos más significativos de su reinado ocurrió en 2016, cuando Harald pronunció un discurso que se convirtió en un fenómeno internacional.

En una intervención que rápidamente se difundió por las redes sociales, el rey habló de una Noruega en la que cabían personas con distintas religiones, orígenes y orientaciones sexuales.

Harald dijo entonces que los noruegos podían ser personas nacidas en Afganistán, Pakistán o Polonia, podían creer en Dios, en Alá, en el universo o en nada. También incluyó explícitamente a quienes formaban parejas del mismo sexo.

El discurso fue considerado un ejemplo del proceso de modernización de la monarquía y recibió una enorme atención dentro y fuera de Noruega.

Para una institución cuyo papel depende en buena medida de conservar el respaldo de la población, aquel mensaje tenía una importancia particular: el rey no estaba hablando únicamente de tolerancia, sino de quién podía sentirse parte de Noruega.

Un rey con una pasión lejos de los palacios

Harald también fue conocido por su pasión por la navegación. Al igual que su padre, Olav V, practicó vela desde joven y representó a Noruega en varias ediciones de los Juegos Olímpicos.

En 1987, todavía como príncipe heredero, capitaneó el yate noruego que ganó el Campeonato Mundial de vela. Su relación con el deporte y con las actividades al aire libre contribuyó a proyectar una imagen menos distante de la monarquía.

Esa cercanía fue parte de su popularidad. Reuters lo describió como un monarca reformista que consiguió salir de la sombra de su padre, una figura especialmente querida por los noruegos, y construir una identidad propia durante sus más de tres décadas en el trono.

El final de un reinado y el comienzo de otro

Los últimos años de Harald estuvieron marcados por problemas de salud. En 2024 fue hospitalizado durante unas vacaciones en Malasia por una infección y recibió un marcapasos temporal. Posteriormente se le colocó un dispositivo permanente.

En agosto de 2026 volvió a ser hospitalizado. El Palacio Real informó inicialmente que estaba recibiendo tratamiento y posteriormente señaló que había desarrollado una infección bacteriana en la sangre. Murió el 28 de agosto en Oslo.

Su muerte ocurre además en un momento complicado para la familia real noruega, que ha enfrentado en los últimos meses una serie de controversias relacionadas con miembros de la familia. Sin embargo, la figura de Harald mantuvo durante años un nivel de aceptación considerablemente alto y fue ampliamente identificado con la estabilidad de la institución.

Con su muerte termina una etapa de la monarquía noruega. Harald V llegó al trono en un país que todavía conservaba muchas formas tradicionales de la institución y dejó una Corona más abierta a los cambios sociales de su tiempo.

Más que por el título que llevó durante 35 años, su legado quedará ligado a la manera en que ejerció ese título: como una figura de continuidad, pero también como un monarca dispuesto a reconocer que la sociedad a la que representaba ya no era la misma que recibió cuando llegó al trono.


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