Hay una imagen que no he logrado sacar de mi cabeza desde que la tierra decidió recordarnos lo frágiles que somos. Y, no se trata de un edificio derrumbado, tampoco es una calle cubierta de escombros, ni si quiera se trata de una cifra. Es una mano
La mano de alguien que con los dedos ensangrentados levanta piedras. La de otra persona ofreciendo un vaso de agua. La de un rescatista acariciando a un perro que llevaba horas buscando sobrevivientes. La de un vecino abrazando a otro sin preguntarle siquiera su nombre.
Quizá por eso me cuesta resumir estos días hablando únicamente de pérdidas. Porque sí, hubo pérdidas inmensas, cifras que se leen en números, pero que mi corazón contabiliza como almas. Familias rotas. Sueños que quedaron atrapados bajo el concreto. Ausencias que tardarán mucho tiempo en aprenderse, y sobre todo en aceptarse.
Pero, al mismo tiempo, aparecieron cosas que parecían dormidas.
La solidaridad dejó de ser una palabra bonita para convertirse en una fila de personas donando sangre. En una costurera cosiendo almohadas para quienes lo perdieron todo. En un venezolano, a miles de kilómetros de casa, organizando una caja con medicinas para enviarla a un país que sigue llamando hogar. En una mujer que preparó kits de higiene femenina, porque las hormonas no entienden de terremotos.
Justo en la inmensidad de ese caos, absurdo, impensado, lejano a nuestras vidas, descubrimos que hay personas capaces de trabajar durante días sin dormir porque saben que mientras exista una posibilidad, vale la pena seguir buscando. Esto es un dolor agudo que se nos clava profundo, pensar que alguien se haya quedando en esa oscuridad absoluta esperando ser rescatado.
Y mientras unos buscaban sobrevivientes, otros buscaban la verdad para evitar que el miedo también se propagara. Otros cocinaban. Otros escuchaban. Otros simplemente permanecían allí, haciendo compañía.
A veces pensamos que la fortaleza de un país se mide por sus edificios, sus carreteras o sus puentes, su PIB, la grandeza de sus exportaciones. Pero hoy ya no estoy tan segura. Después de estos días creo que la verdadera resistencia vive en su gente.
En esa capacidad casi inexplicable de tender la mano incluso cuando uno también está roto. De compartir aunque quede poco.
De seguir esperando cuando parecería más fácil rendirse.
Los terremotos movieron la tierra, pero también dejaron al descubierto algo que estaba profundamente enterrado: la inmensa capacidad que tenemos para cuidar unos de otros.
Y en medio de mi pensadera y este dolor de oídos que me agobia desde el 24 de junio, creo que tal vez eso sea reconstruir. Nosotros no vamos a empezar de cero. Nosotros ya descubrimos que entre todo lo que se cayó, incluso entre todo lo que se nos ha caído como venezolanos en las últimas décadas, había cosas que nunca dejaron de estar en pie:
La bondad.
La esperanza.
Y esa costumbre tan nuestra de aparecer cuando alguien nos necesita.
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Que reflexión tan hermosa. Esto me recuerda que todo en Dios es perfecto. Que en estos momentos donde nos vemos vulnerables, siempre Dios como a sus ángeles en el camino.