El pasado y el presente se han encontrado de una forma verdaderamente sorprendente en los laboratorios de Europa. Ötzi, la célebre momia congelada de 5.300 años de antigüedad descubierta en los Alpes en 1991, ha demostrado que no es una reliquia estática. Un reciente estudio revela que su cuerpo alberga un ecosistema vivo, compuesto por microorganismos dinámicos que desafían el paso de los milenios.
Una masa madre con historia milenaria
El hallazgo más inesperado para los investigadores de Eurac Research en Bolzano, Italia, fue la presencia de cuatro tipos de levaduras capaces de sobrevivir a temperaturas bajo cero. Estos hongos microscópicos se mantuvieron metabólicamente activos en los intestinos y la piel de la momia. Tras recuperar muestras de este ecosistema vivo, los científicos lograron reproducir los microorganismos en un refrigerador.
La curiosidad llevó al equipo a experimentar con las muestras para evaluar su viabilidad en la cocina. Tras tres meses de intentos y paciencia, los microbiólogos consiguieron estabilizar una masa madre de excelente calidad con la que hornearon pan de manera exitosa. Actualmente, los expertos incluso se plantean la posibilidad de utilizar esta misma levadura de la Edad del Bronce para elaborar cerveza.
Más allá de la anécdota culinaria, estas levaduras mostraron una notable capacidad para degradar el fenol, un compuesto químico utilizado en los años noventa para conservar la momia. Este comportamiento sugiere que los microorganismos de Ötzi podrían aplicarse en el futuro para limpiar entornos altamente contaminados en nuestro planeta.
Secretos de una salud preindustrial
El análisis profundo del tracto intestinal del «hombre de hielo» también arrojó datos valiosos sobre la evolución de la salud humana. En su microbiota se detectaron bacterias asociadas a dietas preindustriales ricas en fibra y cereales integrales. Estas bacterias han desaparecido casi por completo de la población occidental moderna debido al uso de antibióticos y al consumo de alimentos procesados.
Los restos de su última comida, compuesta por carne de ciervo, cabra y trigo silvestre, confirman un estilo de vida en íntimo contacto con la naturaleza. Ötzi, que falleció a los 45 años por el impacto de una flecha, funciona hoy como una interfaz biológica que permite entender lo que el cuerpo humano ha perdido en el camino hacia la modernidad.
Este descubrimiento transforma la manera de entender la conservación arqueológica. El ser humano antiguo no viaja por el tiempo de forma inerte, sino acompañado por una red diminuta de vida que aún tiene mucho que enseñarnos sobre la resiliencia y la adaptación.
Con información de: AFP, Reuters y revista Microbiome.
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